Buen día, en esta entrada les
voy a compartir un escrito de los apartados seleccionados de la novela de Sir
Conan Doyle “Estudio en escarlata” para describirles puntualmente los pasos que
siguió Sherlock Holmes para llegar a las conclusiones que expuso y por qué fueron
distintas a las elaboradas por Scotland Yard.
Sherlock Holmes llegó a la
casa y empezó por examinar la carretera, descubrió las huellas de un carruaje, dedujo,
por sus investigaciones, que el carruaje había estado allí en el transcurso de
la noche. Por lo estrecho de la marca de las ruedas reconoció que no se trataba
de un carruaje particular, sino de uno de alquiler. Fue ése el primer punto que
anotó. Avanzó luego por el sendero del jardín, se fijó que se trataba de un
suelo de ardua, extraordinariamente apto para que se graben en el mismo huellas.
(Para él en la ciencia detectivesca no existe una rama tan importante y tan
olvidada como el arte de reconstruir el significado de las huellas de pies). Descubrió
las pisadas de los guardias y vio también la pista de dos hombres que habían
pisado primero el jardín. Así fabrico su segundo eslabón, que informa de que
los visitantes nocturnos habían sido dos, uno de ellos notable por su estatura
(calculado por la longitud de su zancada) y el otro elegantemente vestido, a
juzgar por la huella pequeña y elegante que dejaron sus botas. Esta última
deducción la confirmó al entrar en la casa.
Al entrar a la casa encontró
al hombre bien calzado. Por consiguiente, dedujo que, si había existido
asesinato, éste había sido cometido por el individuo alto. El muerto no tenía
heridas en su cuerpo, pero por la expresión agitada de su rostro le proporcionó
la certeza de que él había visto lo que le venía encima. Para ello Sherlock
Holmes tenía sus deducciones: las personas que fallecen de una enfermedad
cardíaca, o por cualquier causa natural repentina, jamás tienen en sus
facciones señal alguna de emoción. El detective olisqueó los labios del muerto para
llegar a la conclusión de que se le había obligado a ingerir un veneno. También
dedujo que le habían obligado a tomarlo por la expresión de odio y de temor que
tenía su rostro. Para llegar a este resultado utilizó el método de la
exclusión, porque ninguna otra hipótesis se ajustaba a los hechos. La interrogante
que se le presentaba era sobre el móvil. Éste no había sido el robo, puesto que
no le habían despojado de nada. Se preguntaba si se trataba de política o
mediaba una mujer, por lo cual dedujo lo siguiente: Los asesinos políticos
tienen por costumbre darse a la fuga en cuanto han realizado su cometido.
Este asesinato, por el
contrario, había sido llevado a cabo de un modo muy pausado, y quien lo
perpetró había dejado huellas suyas por toda la habitación. Ofensa que exigía
un castigo tan metódico era, por fuerza, de tipo privado, y no político. Estaba
seguro de que aquello era una alianza. Pero la cuestión quedó zanjada al
encontrarse el anillo. Sin duda alguna, el asesino se sirvió del mismo para
obligar a su víctima a hacer memoria de alguna mujer muerta o ausente. En este
punto fue cuando Sherlock Holmes preguntó a Gregson si en su telegrama a
Cleveland había indagado acerca de algún punto concreto de la vida anterior del
señor Drebber. Procedió a continuación a escudriñar con mucho cuidado la
habitación, y el resultado le confirmó la estatura del asesino, y los detalles
adicionales referentes al cigarro de Trichinopoly y a la largura de las uñas.
Al no ver señales de lucha, llego a la conclusión de que la sangre que manchaba
el suelo había brotado de la nariz del asesino, debido a su emoción. Pudo
comprobar que la huella de la sangre coincidía con la de sus pisadas.
Según sus experiencias es cosa
rara que una persona, como no sea de temperamento sanguíneo, sufra ese
estallido de sangre por efecto de la emoción, y por ello aventuró la opinión de
que el criminal era, probablemente, hombre robusto y de cara rubicunda. Los
hechos demostraron que estaba en lo correcto. Holmes Telegrafió a la Jefatura
de Policía de Cleveland, circunscribiendo la pregunta a lo relativo al
matrimonio de Enoch Drebber. La contestación fue terminante. Con anterioridad
había acudido Drebber a solicitar la protección de la ley contra un antiguo
rival amoroso, llamado Jefferson Hope, y que este Hope se encontraba en Europa.
Sabía que ya tenía la clave del misterio, y sólo le quedaba atrapar al asesino.
En ese momento había llegado mentalmente a la conclusión de que el hombre que
había entrado en la casa con Drebber no era otro que el mismo cochero del carruaje.
Las conjeturas de Sherlock
Holmes fueron las siguientes: las marcas que descubrió en la carretera me
demostraron que el caballo se había movido de un lado a otro de una manera que
no lo habría hecho de haber estado alguien cuidándolo. Además, es absurdo
suponer que ninguna persona que se encuentre en su sano juicio cometa un crimen
premeditado a la vista misma, como si dijéramos, de una tercera persona que
sabe que lo delatará. Y, por último, si alguien quiere seguirle los pasos a
otra persona en sus andanzas por Londres, ¿qué mejor medio puede adoptar que el
de hacerse conductor de un coche público? Todas estas consideraciones lo
llevaron a la conclusión de que a Jefferson Hope habría de encontrarlo entre
los aurigas de la metrópoli. Si él había trabajado de cochero, no había razón
de suponer que hubiese dejado ya de serlo. Todo lo contrario: cualquier cambio
repentino podría atraer la atención hacia su persona. Tampoco había razón para
suponer que. actuase con un nombre falso. ¿Pára qué iba a cambiar el suyo en un
país en el que éste no era conocido por nadie? Por lo cual Holmes organizo su
cuerpo de detectives vagabundos, y los hizo presentarse de una manera
sistemática a todos los propietarios de coches de alquiler de Londres, hasta
que huronearon dónde estaba el hombre tras del que andaba. Para él, el todo
constituye una cadena de ilaciones lógicas sin una ruptura ni una grieta.